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La importancia de los cambios

Recientemente, apenas unos meses, he cambiado de “empresa” –empresa pública- y además de puesto de trabajo. Quiero reflexionar sobre la importancia de los cambios en la vida y sus consecuencias en la persona.

Creo recodar que fue Heráclito quien exclamó “Todo fluye, nada permanece”. Si observamos la vida, la naturaleza, desde cualquier ángulo, veremos que ineludiblemente se producen cambios. Si nos fijamos en la Física, es indiscutible, hasta ahí estamos todos de acuerdo, ¿verdad? Pero lo realmente importante –porque lo físico nos lo “dan pensado”- son los cambios interiores en la persona.

Me gustaría marcar una diferencia entre cambio de personalidad y cambio progresivo de enfoque. Es un terreno árido y áspero para el que lea y se vea a sí mismo.

Cambio de personalidad podríamos decir que se produce cuando no reconocemos a una persona, conocida de tiempo atrás, en su nueva forma de actuar. Psicológicamente, sigue siendo la misma persona. El diagnóstico de su cambio no sería madurez ni evolución, sino INSEGURIDAD, por tanto, su cambio obedece a que “imita” una postura ajena, posiblemente para adaptarse a un medio en el que no sabe ser él mismo. Sin embargo, la segunda acepción, se llama MADUREZ o EVOLUCIÓN. Ésta se produce como consecuencia de las experiencias vividas en la vida; es el “jugo” o “enseñanza” que se extrae de cada vivencia. No existe el bien y el mal. Todo es positivo. Existen actitudes o experiencias positivas o negativas, pero en el fondo, todo es positivo porque se suceden para APRENDER.

Observaréis que todo depende del enfoque que demos a las experiencias. Cuando nos ocurre algo negativo, tendemos a hablar mal de la situación y a quejarnos constantemente. Si en vez de recrearnos en nuestra propia miseria –porque es más sencillo que luchar- viésemos esa vivencia como un espejo de tu persona para que cambies, los dramas dejarían de serlo y pasarían a ser experiencias positivas. Cualquier situación que venga a tu vida es una parada más del camino que tú andas. No sé si el destino existe, pero desde luego lo que es irrefutable es que el destino lo haces tú, con tu actitud. Es fácil observar que continuamente vuelven a nuestra vida situaciones similares. Esto ocurre hasta que tomas consciencia del mensaje subliminal de la vida y rectificas tu actitud. Incluso las personas son espejos de nosotros. Las buenas, porque sintonizan contigo, y las malas porque te enseñan a no serlo.

Pero todo esto hay que saber verlo. ¿Cómo? Permaneciendo ajeno a la vorágine de “tu vida diaria y rutinaria”. Siendo espectador de tu propia vida. Si te crees el actor principal estás perdido; estarás dando vueltas continuamente sin evolucionar porque nunca serás capaz de ver la película ni que el guión lo escribes tú. Si, por un momento, te olvidas de que eres el ombligo del mundo, serás capaz de comprenderte a ti mismo y a los demás. Sólo representas un papel, y como buen actor, debes reflejarte en él pero no perder tu esencia.

Todo esto podríamos aplicarlo al entorno laboral. Pasamos a desarrollar el pensamiento: los cambios.

Cuando permanecemos muchos años en el mismo puesto de trabajo, haciendo la misma tarea rutinaria, además de la pesadez que conlleva el trabajo administrativo, nos acomodamos y perdemos la motivación de superarnos. Esto se puede comparar con el ejercicio físico. Si no practicas deporte, tu cuerpo se deteriora con mayor rapidez y subir una escalera te supone un desafío. Sin embargo, el deportista está en buena forma y siempre mantiene el espíritu de superarse cada día.

Los cambios son salud, en todos los órdenes de la vida. Si no hay cambios, no hay evolución, y tu situación se hace rutinaria, lo cual, produce infelicidad y estancamiento. Como dice una cita “el ser humano sólo evoluciona por consciencia o por dolor”. Lamentablemente, la mayoría de los casos se producen por el segundo caso. Vivimos ciegos, sin ejercitar nuestra mente. No reflexionamos sobre nada, a pesar de que sólo nos llevaría unos minutos diarios estar a solas con nosotros mismos observando y captando tu entorno, así como lo que te aporta. Sólo cambiamos “por obligación” cuando una situación nos aprieta.

Como nosotros mismos no favorecemos saludablemente los cambios, la vida nos obliga, de ahí la frase del comienzo, “todo fluye, nada permanece”. La naturaleza es evolución constante. Si no producimos el cambio, el momento obligatorio se vuelve doloroso. Algo que deberíamos hacer con salud y alegría, como es un cambio, se torna duro y doloroso.

En el trabajo, todos los puestos tienen su parte positiva y su parte negativa. En un puesto al público, por ejemplo, lo negativo es que tú eres el dique que contiene toda la agresividad y enfado con que el público llega a la oficina. Tampoco es un puesto relajado porque continuamente has de permanecer en la silla. Por el contrario, lo positivo es que tratar con tantas personas y tan distintas te enseña muchísimo. Cada persona es un mundo, con una cultura, educación y expresión completamente distinta.

Los puestos de trabajo internos son más tranquilos, porque realizas el trabajo conforme deseas, pero las horas pueden hacerse más largas y el trabajo aburrido.

Con esto quiero decir que una situación debe durar mientras te aporta algo. Cuando se vuelva tediosa y no te incentive, debes intentar cambiar de puesto. Lo mismo ocurre con el entorno, los compañeros y superiores jerárquicos. Cuando trabajas con gente nueva, todo es bueno, porque tus sentidos se agudizan mientras te adaptas, y si eres inteligente, aprenderás de esas personas. Cuando ya no te “diga nada” el puesto o los compañeros, debes entender que ha llegado el momento del cambio.

Esto es importantísimo para incentivar al funcionario. A menudo ocurre que “nos obligan” a permanecer en un puesto durante muchos años. El ser humano necesita cambios. Si esta situación persiste hay tres aspectos que salen muy perjudicados: el público, el funcionario y la Administración. Todo se corrompe si no se cambia. Y éste, señores, es uno de los cánceres de la Administración Pública española.

Los concursos de traslado deben de realizarse más a menudo. Pero claro, hay que incentivar al funcionario, en su justicia y arbitrariedad, porque sino aquel no cambiará de puesto. Si estás bien “remunerado” en tu puesto, no cambiarás; si estás “consentido” en el trabajo, no cambiarás. Si las bases del concurso no son transparentes y según méritos, no tendrás opciones, etc.

Todo esto sólo es una invitación a la reflexión sobre lo saludable de los cambios. La democracia en el trabajo es indispensable. Pero para que esto te haga mella, primero tienes que pensar como persona, y después proyectarlo en todos los aspectos de tu vida.

¡¡ Salud y Paz ¡! ¡Todo es luz!


Evangelina Vela

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